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Si hay algo que caracteriza al catolicismo es que está al alcance de todos. Podríamos pensar, por ejemplo, que los estigmas están reservados para grandes figuras espirituales como san Francisco de Asís o san Pío de Pietrelcina. Sin embargo, nunca sabemos a quién elegirá Dios.

Ese fue el caso de la Sierva de Dios Rhoda Wise (1888-1948), una esposa y madre de familia, laica católica y residente de Canton, Ohio.

Rhoda nació en el seno de una familia protestante de clase trabajadora y fue la sexta de ocho hermanos. En su hogar predominaban los prejuicios anticatólicos.

A los 16 años sufrió la ruptura del apéndice. Durante su estancia en el hospital, una enfermera le regaló una medalla de san Benito que Rhoda conservaría el resto de su vida.

En 1917 se casó con George Wise, un viudo. Juntos adoptaron a dos niñas, una de las cuales murió siendo bebé. Poco después, el alcoholismo de George comenzó a sumir a la familia en la pobreza y se convirtió también en una fuente constante de sufrimiento y vergüenza.

A los 44 años, Rhoda fue sometida a una operación para extirpar un quiste ovárico de casi 18 kilos que ponía en peligro su vida. Años más tarde sufrió una grave lesión en una pierna tras caer accidentalmente en un desagüe.

En 1938 ingresó en el Mercy Hospital para que le colocaran nuevamente un yeso. Sin embargo, su estado de salud se complicó con la aparición de abscesos, adherencias y una perforación intestinal. Durante su recuperación, una Hermana de la Caridad le habló por primera vez de santa Teresa de Lisieux y le enseñó a rezar el rosario.

Tras recibir instrucción en la fe, Rhoda fue recibida en la Iglesia Católica en 1939.

La herida abdominal requería curaciones constantes y Rhoda padecía dolor y malestar crónicos.

En la madrugada del 28 de mayo de 1939, Rhoda despertó y vio que su habitación estaba inundada de luz. Sentado en una silla estaba Jesús, vestido con una túnica dorada.

Un mes después volvió a aparecérsele, esta vez acompañado por santa Teresa. A la mañana siguiente, Rhoda despertó y descubrió que tanto su herida abdominal como la perforación intestinal se habían curado milagrosamente.

Durante los años siguientes, Rhoda afirmó haber recibido otras 20 visitas de Jesús y santa Teresa. Según su testimonio, ambos bendijeron objetos religiosos, le transmitieron mensajes y le aseguraron que ayudaría a salvar muchas almas.

Entre 1942 y 1945, Rhoda experimentó los estigmas todos los primeros viernes de mes, desde el mediodía hasta las 3 de la tarde. Las heridas aparecían en sus manos, pies, costado y frente, esta última como recuerdo de la corona de espinas. Pronto, numerosas personas comenzaron a acudir a ella en busca de sanación, y Rhoda pasó a ser conocida como la “Mujer Milagro”.

En sus últimos años, ayudó a una joven que más tarde se convertiría en la madre Angélica y fundaría EWTN.

Diez días antes de su muerte, Jesús se le apareció por última vez, le mostró su Sagrado Corazón y le pidió que animara a las personas a rezar el rosario.

Unas 14.000 personas acudieron a despedirse de Rhoda antes de su funeral. Hoy, numerosos visitantes siguen llegando a la Casa y Gruta de Rhoda Wise en Canton. Su causa de canonización fue abierta en 2016.

Pero quizá el mayor milagro de todos ocurrió antes de que ella muriera: su esposo, que durante años había luchado contra el alcoholismo, logró liberarse de su obsesión por beber.

El Siervo de Dios Irving “Francis” C. Houle (1925-2009) era otro hombre común, alguien a quien cualquiera podría haber considerado "el vecino de al lado". Sin embargo, recibió los estigmas el Viernes Santo de 1993 y, desde entonces hasta el día de su muerte, revivió cada noche los sufrimientos de la Pasión, desde la medianoche hasta las 3 de la madrugada.

Houle nació en Wilson, un pequeño pueblo de la península superior de Michigan, en el seno de una familia numerosa y profundamente católica.

Tras servir durante la Segunda Guerra Mundial, regresó a Michigan y se casó en 1948. Junto con su esposa, Gail, se estableció en una localidad cercana al hogar de su familia, donde tuvieron cinco hijos. Permanecieron casados durante 60 años.

A lo largo de los años, Houle trabajó en el comercio y en la industria manufacturera, hasta llegar a ocupar el cargo de gerente de planta en la empresa Engineered Machine Products. Fue un esposo y padre amoroso, un católico practicante y, con el tiempo, Caballero de Colón de cuarto grado. Todos los días, al terminar su jornada laboral, rezaba el vía crucis.

Sus amigos lo describían como un hombre bromista, sencillo y de carácter franco, muy dedicado a su familia y con una especial afición por las bromas y las tomaduras de pelo.

Houle recibió los estigmas el Viernes Santo de 1993, cuando tenía 67 años. “Te quitaré tus manos y te daré las mías: toca a mis hijos”, le habría dicho Cristo.

Irving “Francis” C. Houle muestra los estigmas de Jesús en esta fotografía sin fecha. Durante su asamblea de primavera celebrada en Baltimore, los obispos de Estados Unidos expresaron, mediante una votación por voz el 12 de junio, su respaldo para que la causa de santidad de Houle avance en la Diócesis de Marquette, Michigan, su diócesis de origen. (Foto de CNS/cortesía de la Asociación Irving Houle)

Irving “Francis” C. Houle muestra los estigmas de Jesús en esta fotografía sin fecha. Durante su asamblea de primavera celebrada en Baltimore, los obispos de Estados Unidos expresaron, mediante una votación por voz el 12 de junio, su respaldo para que la causa de santidad de Houle avance en la Diócesis de Marquette, Michigan, su diócesis de origen. (Foto de CNS/cortesía de la Asociación Irving Houle)

Después, el dolor se extendió desde las palmas de sus manos por todo el cuerpo. Se decía que, a partir de entonces, revivía la Pasión cada noche, entre la medianoche y las 3 de la madrugada, horas que él consideraba “momentos en que se cometen grandes pecados de la carne”.

Por suerte, Gail dormía profundamente y nunca fue testigo de aquellos sufrimientos nocturnos, aunque otras personas sí lo fueron, entre ellas su hermano Reynold. También lo fue el padre Robert J. Fox, quien en 2005 publicó un libro sobre Houle titulado A Man Called Francis (“Un hombre llamado Francis”) (Fatima Family Apostolate International). El seudónimo "Francis" se utilizó inicialmente para proteger la identidad de Houle, pero con el tiempo el nombre terminó por quedarse.

En público, Houle comenzó a cubrirse las manos con vendas y, tras jubilarse, emprendió una serie de charlas y conferencias que, a lo largo de los años, lo llevaron a hablar ante decenas de miles de personas. Nada le producía mayor alegría que saber que alguien había regresado al sacramento de la confesión después de décadas de ausencia y, posteriormente, había vuelto a recibir la Eucaristía.

Evitaba la atención pública y nunca buscó ni aceptó donaciones económicas por las numerosas curaciones que, según se decía, se producían gracias a su sufrimiento y sus oraciones. “Jesús es quien sana”, insistía.

Murió en el Marquette General Hospital, cerca del lugar donde había nacido: un hombre sencillo y prácticamente desconocido, pero también un signo de la misteriosa e inesperada misericordia de Dios.

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Heather King