La historia de la Iglesia Católica en Estados Unidos está marcada por la contribución de numerosos obispos inmigrantes. Sin embargo, el contexto político y eclesial de la instalación episcopal a la que asistí recientemente hace que esta historia recuerde a una versión eclesial de los relatos de Horatio Alger.
Alger fue un escritor conocido por crear personajes que alcanzaban el llamado sueño americano. Sus novelas narraban cómo jóvenes de origen humilde lograban salir adelante gracias al esfuerzo y al trabajo. Reflejaban un ideal profundamente arraigado en la cultura estadounidense: que cualquiera puede triunfar si está dispuesto a trabajar con dedicación.
Pero la historia de la que hablo va más allá del ascenso económico. Es la historia de un hombre que llegó desde un país lejano (si esa expresión le evoca más a Robert Heinlein que a la Biblia, quizá sea hora de desempolvar las Sagradas Escrituras) y terminó convertido en pastor del rebaño de Cristo en una diócesis formada, en su gran mayoría, por familias establecidas en Estados Unidos desde hace generaciones.
La historia comienza así:
Un joven llega a Estados Unidos desde otro país en busca de trabajo. Lo hace sin documentos. Tiene familiares en el país y, ya en sus veinte años, se gana la vida lavando camiones de Amazon y pintando casas junto a su cuñado.
Con el tiempo se involucra activamente en la vida de una parroquia, pero siente que Dios le pide algo más.
Con la ayuda del director diocesano de vocaciones, comienza un proceso de discernimiento e ingresa al seminario. Cuatro años después, su obispo lo envía a Roma, en una decisión que resultaría providencial. Allí estudia pastoral para migrantes en el Instituto Scalabriniano, obtiene un título especializado y, finalmente, es ordenado sacerdote.

El entonces obispo auxiliar de Washington, Mons. Evelio Menjívar-Ayala, en el centro, encabeza una procesión en Washington el 28 de septiembre de 2025 con motivo de la 111.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado. (Foto OSV News/Catholic Standard, Mihoko Owada)
Veintidós años después, el director de vocaciones que lo ayudó a descubrir su llamado al sacerdocio era ya obispo y estaba a punto de jubilarse. Aquel inmigrante que había llegado al país sin documentos había sido ordenado obispo tres años antes y, cuando llegó el momento de nombrar a un sucesor, el nuevo papa decidió que fuera precisamente él quien ocupara el lugar de quien había sido su antiguo director de vocaciones.
Es una historia real. Como le comenté a un cardenal que provenía del mismo país que el obispo había dejado siendo joven: “Si alguien la inventara, muchos pensarían que es una exageración”.
La misa de instalación fue imponente. La música combinó campanas de mano, platillos y tambores con himnos tradicionales católicos como O Sacrament Most Holy, espirituales afroamericanos, el Christus Vincit en latín y la primera estrofa de America the Beautiful. Fue el propio obispo inmigrante quien pidió incluir este último himno, convencido del ideal que expresa.
Un gran número de clérigos concelebró la Eucaristía. El antiguo director de vocaciones, ahora obispo emérito, bromeó diciendo que los tres cardenales presentes en la catedral no bastaban para celebrar un cónclave, aunque su presencia hacía la ocasión aún más especial. También asistieron el nuncio apostólico, el arzobispo metropolitano de la región, otros 23 obispos y cuatro obispos electos. Cientos de sacerdotes participaron en la celebración, muchos de ellos nacidos en otros países, pero actualmente al servicio de diócesis de todo Estados Unidos.
También estuvieron presentes líderes ecuménicos e interreligiosos de distintas confesiones. No pude evitar preguntarme qué pensarían al ver la catedral completamente llena, los salones habilitados para recibir al público desbordados y la transmisión nacional de EWTN. La magnitud del acontecimiento resultaba impresionante, incluso para quien no fuera católico.
La liturgia católica, con mayúscula, por pertenecer a la Iglesia Católica, reflejaba plenamente el sentido de la palabra “católica” con minúscula, es decir, universal. Sacerdotes, religiosos y fieles de numerosos países participaron en una celebración cuya riqueza simbólica trascendía fronteras culturales, sociales y nacionales. El resultado fue de una belleza extraordinaria.
La primera lectura estuvo a cargo de una religiosa africana; la segunda, de un inmigrante que la proclamó en español. El nuevo obispo predicó alternando con naturalidad entre el inglés y el español, entretejiendo ambos idiomas con la misma unidad de la túnica inconsútil de Cristo, aquella que los soldados se jugaron a los dados al pie de la cruz.
Mientras escuchaba, pensé en quienes han criticado al obispo y me pregunté qué habrían pensado si hubieran seguido la ceremonia por EWTN. Un servicio de noticias protestante que llega regularmente a mi correo tituló uno de sus artículos: “El papa nombra obispo a un inmigrante ilegal”. El hecho de que hubiera vivido sin documentos pertenece ya a una etapa muy lejana de su vida, aunque, sin duda, el contraste entre ese pasado y el actual debate político y social sobre la inmigración hizo que el nombramiento llamara especialmente la atención.

Desde el ambón exterior de la Catedral de San José, en Wheeling, Virginia Occidental, el 2 de julio de 2026, el obispo Evelio Menjívar-Ayala imparte una bendición a los fieles reunidos, quienes llenaron las calles alrededor del templo tras la Misa de su instalación como obispo de Wheeling-Charleston. (Foto OSV News/Colleen Rowan, The Catholic Spirit)
El obispo, con una serenidad y una autoridad que transmitían profundidad, hizo una sutil referencia a las controversias, pero centró su mensaje en el carácter providencial de su vocación. Confesó que nunca imaginó que Dios lo llamaría al sacerdocio, ni siquiera después de llegar a su nueva patria. Afirmó que Jesús lo había acompañado en cada etapa del camino, incluso cuando su presencia parecía oculta. Fue la gracia de Dios, dijo, la que lo condujo hasta esa catedral en Wheeling, Virginia Occidental, y quedó claro para todos que entendía su ministerio como parte de la misión universal de la Iglesia. Todos los seres humanos anhelan un hogar, un lugar de pertenencia y de encuentro, y la Iglesia responde a ese deseo al reunirnos en comunión con Dios y entre nosotros.
En las clases de literatura inglesa aprendí que toda buena obra de ficción requiere que el lector suspenda voluntariamente su incredulidad. Pero la realidad suele ofrecer sorpresas que ni el mejor novelista se atrevería a imaginar. Si no vio la transmisión por EWTN, me refiero a la instalación de monseñor Evelio Menjívar-Ayala como décimo obispo de Wheeling-Charleston, en Virginia Occidental. ¡Un inmigrante salvadoreño convertido en pastor de los Apalaches! Es una historia que parece sacada de una novela sobre el sueño americano.
Era imposible que el nuevo obispo no mencionara la canción más famosa dedicada a Virginia Occidental. Con gran naturalidad comentó que la liturgia y su llamado al ministerio le recordaban las palabras de John Denver, porque sentía que estaba “casi en el cielo” (almost heaven).
Luego, haciendo referencia al intenso calor, casi 38 grados Celsius, que obligó a obispos y sacerdotes a esperar bajo el sol el momento en que debía realizar el tradicional rito de llamar a la puerta de la catedral, bromeó diciendo que también había pensado que aquello era “casi el purgatorio”.
Los caminos rurales (“Country roads”), sin duda. O, mejor dicho, ese camino complejo y lleno de giros que solo con el paso del tiempo permite descubrir el plan de Dios. ¿Quién habría imaginado el recorrido de Menjívar? Un joven deja su natal El Salvador sin saber que Dios lo llamaría a ser obispo en un estado donde hay tan pocos católicos que, en promedio, corresponde uno por cada milla cuadrada.
Cada día la Iglesia Católica en Estados Unidos se vuelve más internacional, no solo por el entusiasmo y la juventud de los inmigrantes, sino también porque su clero está integrado cada vez más por hombres de muchas nacionalidades. Hay diócesis donde los sacerdotes nacidos en el extranjero ya superan en número a los nacidos en el país. En parte, esto refleja el debilitamiento de la fe y de las vocaciones locales; también muestra que Estados Unidos cuenta con los recursos para recibir vocaciones provenientes de otros lugares.
Sin embargo, un hombre como el nuevo obispo de Virginia Occidental invita a descubrir un significado más profundo en la historia de su vocación. Lo extraordinario no es solo que haya llegado a ser obispo pese a todos los obstáculos, sino que Dios lo llevó a Estados Unidos precisamente para descubrir allí su llamado. Otros obispos inmigrantes llegaron con su vocación ya definida para servir a la Iglesia. Él llegó para encontrarla.
Que los sacerdotes y obispos que vienen a servir a la Iglesia en Estados Unidos, y que, como Menjívar, aprecian los ideales más nobles del país, sean una inspiración para todos los católicos.
