El 9 de julio la Iglesia celebra la memoria de los 120 mártires de China, quienes fueron perseguidos y asesinados por su fe entre 1648 y 1930. El 1 de octubre de 2000, san Juan Pablo II canonizó a 87 católicos chinos y 33 misioneros extranjeros —hombres, mujeres y niños— que murieron en China por negarse a renunciar a Cristo.
La mayoría de los misioneros extranjeros eran sacerdotes o miembros de congregaciones religiosas.
Entre los mártires chinos se encuentra Ana Wang, una joven de 14 años asesinada durante la Rebelión de los Bóxers. Cuando estaba a punto de ser decapitada, exclamó: "La puerta del cielo está abierta para todos", y pronunció tres veces el nombre de Jesús.
Otro de los mártires fue Chi Zhuzi, de 18 años, quien se preparaba para recibir el bautismo cuando fue capturado y obligado a adorar ídolos. Al negarse, sus verdugos le amputaron el brazo derecho y lo sometieron a terribles torturas. Él permaneció firme en la fe y les dijo: "Cada parte de mi carne y cada gota de mi sangre les dirán que soy cristiano". Finalmente, fue desollado vivo.
El primer sacerdote chino en alcanzar el martirio fue san Agustín Zhao Rong. Nacido en 1746, era uno de los soldados encargados de escoltar al obispo Juan Gabriel Taurin Dufresse hacia su ejecución en Pekín. El testimonio de fe del obispo lo llevó a convertirse al cristianismo y recibir el bautismo a los 30 años. Cinco años después fue ordenado sacerdote y murió mártir en 1815.
