De un momento a otro, el algoritmo decidió que ya estoy envejeciendo. Mis redes sociales se llenaron de anuncios de cremas con retinol. En YouTube no dejan de aparecer videos sobre cómo reconocer los primeros signos de la perimenopausia. Hasta los podcasts que escucho promocionan péptidos. Así, sin previo aviso, comenzaron mis cuarenta.
Y esa sensación de que el tiempo pasa no se queda solo en internet. En las conversaciones entre mamás en el parque ya es habitual hablar de qué tratamiento conviene hacerse primero: rellenos faciales, bótox o una cirugía de párpados. Yo ni siquiera sabía qué partes del rostro podían "rellenarse" y tuve que buscarlo para entender de qué estaban hablando.
El miedo de las mujeres a envejecer no es algo nuevo. Junto con los dolores del parto, probablemente sea una de las consecuencias más duras de la Caída. Desde una perspectiva económica, la belleza ha funcionado durante mucho tiempo como una especie de moneda de cambio para las mujeres. Desde una perspectiva teológica, la belleza tiene la capacidad de conmover el corazón y elevar la mirada hacia lo trascendente.
Cuidar la propia apariencia no tiene nada de malo. Muchos italianos —entre ellos santa Gianna Beretta Molla— hablan de la bella figura: el ideal de vestir bien y presentarse siempre con cuidado, elegancia y respeto por uno mismo.
Pero, tan inevitable como la salida del sol cada mañana, la juventud acaba por desvanecerse. Aparecen las manchas en las manos, las patas de gallo comienzan a dibujarse alrededor de los ojos y las primeras canas se abren paso entre el cabello.
Hoy, la pregunta que la sociedad les hace a las mujeres ya no es: “¿Cómo puedes realzar tu belleza natural a medida que pasan los años?”, sino: “¿Qué vas a hacer para evitar envejecer?”. Envejecer ya no se considera una etapa natural de la vida, sino algo que hay que evitar a toda costa.

La actriz generada por inteligencia artificial Tilly Norwood. (Particle6, vía Wikimedia Commons)
Nuestras celebridades tampoco ayudan. Hace treinta años, Betty White representaba a la mujer de cincuenta y tantos en la serie The Golden Girls. Hoy, en cambio, los referentes del envejecimiento son Jennifer Lopez, de 56 años, y Jennifer Aniston, de 57.
Lo que ha cambiado es que los estándares de belleza ya no los marcan personas reales. Los rostros que aparecen en los anuncios en línea y en las redes sociales son, cada vez más, creados por algoritmos entrenados con millones de imágenes humanas y perfeccionados para alcanzar un ideal estético que prácticamente no existe en la vida real.
Todos parecen iguales: mujeres delgadas, pero con curvas pronunciadas, labios voluminosos y pómulos muy marcados; hombres esbeltos, con mandíbulas perfectamente definidas y abundante cabello. Los rostros son completamente simétricos y la piel luce impecable. Las imágenes "ideales" generadas por herramientas de inteligencia artificial son tan poco realistas que organizaciones dedicadas a la prevención de los trastornos alimentarios han comenzado a alertar sobre sus efectos.
El ideal de belleza actual no es completamente inalcanzable, pero exige intervenciones estéticas cada vez más frecuentes y extremas. Y, aun así, el paso del tiempo termina imponiéndose. Sin embargo, muchas personas siguen persiguiéndolo.
Cada vez más mujeres recurren a cirugías y tratamientos estéticos. Según la Sociedad Estadounidense de Cirujanos Plásticos, el uso de bótox y otros inyectables similares aumentó un 73 % entre 2019 y 2022. Además, tres de cada cuatro cirujanos plásticos afirman que atienden a más pacientes menores de 30 años que nunca antes.
Y ahora que las estrellas de Hollywood compiten incluso con actrices creadas por inteligencia artificial, como Tilly Norwood, las alfombras rojas empiezan a parecer campañas publicitarias de medicamentos para bajar de peso y de procedimientos como la extracción de la grasa bucal, una cirugía que elimina el tejido graso de las mejillas para afinar el rostro.
Mallory Tenore Tarpley, autora de Slip: Life in the Middle of Eating Disorder Recovery, ha expresado su preocupación por los anuncios de medicamentos con GLP-1, como Ozempic, que sus hijos, de 9 y 7 años, ven en plataformas de streaming como Disney+.
“El bombardeo constante de estos anuncios nos hace creer que todos deberíamos esforzarnos por tener un cuerpo cada vez más pequeño y que seríamos más felices, más saludables y más atractivos si lo lográramos”, afirma. “Como alguien que estuvo a punto de perder la vida por un trastorno alimentario que comenzó en la infancia, sé que eso simplemente no es cierto”.
Y ese tipo de publicidad no es un caso aislado. El mensaje de que hay que desafiar el envejecimiento y optimizar constantemente el cuerpo ya ha echado raíces en la Generación Alfa.
Impulsadas por las tendencias de TikTok e Instagram, que se dispararon durante la pandemia, niñas de apenas tres años han comenzado a obsesionarse con las rutinas de cuidado de la piel. Una influencer británica, Ellie-May, empezó a compartir su rutina de skincare cuando tenía 10 años y, con solo 13, ya supera los 330.000 seguidores.

(Shutterstock)
Esta obsesión incluso tiene un nombre: "cosmeticorexia", un término que describe la preocupación desmedida por conseguir una piel perfecta. Médicos de Yale Medicine que estudian este fenómeno advierten que muchos de los productos dirigidos a niñas no solo pueden dañar una piel que aún está en desarrollo, sino también afectar la construcción de su identidad y autoestima.
Y esta fijación no se limita a las mujeres. También se ha popularizado el "looksmaxxing", una tendencia que surgió en comunidades en línea de hombres que se describían como "célibes involuntarios" (incels). Con el objetivo de alcanzar el máximo atractivo físico posible, hombres de todas las edades recurren a todo tipo de procedimientos, desde el blanqueamiento dental hasta implantes de mentón o incluso cirugías para aumentar la estatura.
Lo preocupante es esa presión constante por optimizar todos los aspectos de la vida. Hoy existen aplicaciones y dispositivos inteligentes que permiten medir las calorías consumidas, los pasos dados, las horas de sueño y casi cualquier aspecto de la salud física. Al mismo tiempo, influencers especializados en bienestar y emprendedores del mundo de la biotecnología promueven combinaciones de suplementos, baños de agua helada, terapias hormonales y sustancias psicodélicas como si hubieran descubierto la fuente de la juventud.
La mayor preocupación de la autora, sin embargo, son sus hijos, que crecerán siendo nativos de la inteligencia artificial. ¿Quién les enseñará a ir contracorriente?
Para su sorpresa, la respuesta no la ha encontrado en médicos, cirujanos ni en los defensores del movimiento MAHA (Make America Healthy Again), sino en la Iglesia católica, guiada por el papa León XIV, que ha comenzado a pronunciarse con claridad sobre este tema. Aunque con frecuencia se la considera una institución alejada de los problemas actuales, sostiene que la Iglesia ha sabido identificar el peligro de intentar optimizar al ser humano hasta perder de vista lo que realmente es.
En marzo, el papa León XIV aprobó un documento de la Comisión Teológica Internacional titulado ¿Quo Vadis, Humanitas? (“Humanidad, ¿adónde vas?”), que reflexiona sobre la persona humana a la luz de los cambios tecnológicos. El texto analiza las corrientes filosóficas que impulsan la cultura de la optimización y el contexto en el que la inteligencia artificial está transformando la sociedad.
Sus autores reconocen que los avances en biotecnología, neurociencia, farmacología y medicina estética han mejorado de manera significativa la salud y el bienestar. Sin embargo, advierten que esos mismos progresos han favorecido una dañina "cultura del cuerpo", en la que este se considera una materia prima que puede modificarse sin límite para alcanzar un ideal de juventud y perfección física permanente.
El resultado es una paradoja: mientras se exalta el cuerpo idealizado, el cuerpo real —que envejece, se debilita y es mortal— termina viéndose como un problema que hay que corregir o superar.
La Iglesia no condena de forma absoluta los procedimientos estéticos ni propone una única forma de cuidar la salud. Pero sí advierte contra la vanidad y, sobre todo, contra el riesgo de olvidar cuál es el verdadero sentido del cuerpo humano.
El cuerpo es un don que debe ser acogido, incluso con sus limitaciones. Contribuye a formar la identidad de la persona, pero no la define por completo. Es capaz de entregarse, amar y sacrificarse. Incluso el rostro humano puede expresar compasión de una manera que ningún algoritmo será capaz de imitar.
En estos tiempos, en los que los anuncios invitan constantemente a retocar, levantar, aumentar o corregir alguna parte del cuerpo, la autora procura mantener la mirada puesta en la promesa del cuerpo glorificado que los cristianos esperan recibir en el cielo. Incluso Cristo resucitado conserva las huellas de sus heridas.
Frente a los modelos de belleza que propone la cultura actual, la Iglesia ofrece otros referentes: los santos.
“¿Qué es lo que quieres cambiar?”, preguntaba santa Catalina de Siena, la gran mística italiana. “¿Tu cabello, tu rostro, tu cuerpo? ¿Por qué? Porque Dios ama todas esas cosas, y quizá lloraría al verlas desaparecer”.
