Es fácil reconocer el bordado lituano en la camisa de John Sepikas.
Lo que no salta a la vista es la profunda pasión que siente por su fe y por sus raíces.
Sin embargo, basta escucharlo hablar para percibir el amor que tiene por su iglesia y por su herencia cultural. Al igual que muchos feligreses de la Iglesia de San Casimiro, en Los Feliz, los padres de Sepikas fueron refugiados de la Segunda Guerra Mundial que encontraron seguridad en Estados Unidos.
“Cristo y la libertad triunfaron”, afirmó Sepikas. “Mis padres se establecieron aquí y se enteraron de esta iglesia. Es el único hogar que tenemos, y lo preservaremos para las futuras generaciones”.
Mantener vivas las tradiciones fue el eje de la apertura del Año Jubilar de la parroquia el 31 de mayo. La celebración conmemoró el 85.º aniversario de la fundación de la parroquia y el 75.º aniversario de la inauguración de la iglesia. Para celebrarlo, unos 400 feligreses participaron en una procesión eucarística y una Misa, recreando la tradición lituana del siglo XIII conocida como Atlaidai, una celebración cultural vinculada a acontecimientos sagrados.

Feligreses de la Iglesia de San Casimiro participaron en una procesión eucarística por las calles de Los Feliz durante la celebración del aniversario parroquial Atlaidai, el 31 de mayo. (Peter Lobato)
La colorida procesión estuvo encabezada por una guardia de honor lituana que portaba grandes banderas. Detrás marchaban miembros del coro entonando cantos, grupos de danzas folclóricas y feligreses vestidos con trajes tradicionales. El padre Tomas Karanauskas, párroco de San Casimiro, sostenía la custodia, mientras otros participantes llevaban velas y flores.
Tras recorrer las calles, los participantes regresaron al templo para concluir la procesión eucarística y participar en una Misa celebrada en inglés y lituano. La jornada culminó con un festival de Šaltibarščiai, la tradicional sopa fría de remolacha característica de Lituania.
En su homilía, Karanauskas destacó el legado lituano de la parroquia, al tiempo que subrayó que también es un lugar donde católicos de cualquier nacionalidad pueden encontrar una comunidad de fe.
“Muchos inmigrantes saben lo que significa dejar su hogar y comenzar de nuevo en una tierra desconocida. Aquí encontraron no solo una iglesia, sino también amistad, fe y apoyo”, dijo Karanauskas, oriundo de Lituania. “Al celebrar estos aniversarios, demos gracias a Dios por las bendiciones del pasado, sirvamos con fidelidad en el presente y abracemos el futuro con esperanza”.

Irene Venckus, con vestimenta tradicional lituana, distribuye la Comunión durante la Misa celebrada en la Iglesia de San Casimiro, en Los Feliz, en el marco de la celebración del aniversario parroquial Atlaidai, el 31 de mayo. (Peter Lobato)
Entre los invitados especiales se encontraban Sandra Brikaitė, cónsul general de Lituania para el área de Los Ángeles, y Daiva Navarrette, cónsul honoraria de Lituania. Esta última, feligresa de segunda generación de la parroquia, participó en la procesión junto a su esposo y su hijo.
“Mis padres vinieron de Lituania y esta es la iglesia donde se casaron, donde yo fui bautizada y donde también fue bautizado mi hijo. Hay muchísimos años de historia aquí”, dijo Navarrette. “Hoy pienso en mis padres... Creo que están en el cielo comiendo sopa rosa de remolacha”.
La historia de la parroquia está profundamente ligada a la experiencia de la inmigración. Tras huir de las fuerzas rusas durante la Segunda Guerra Mundial, un grupo de refugiados lituanos, entre ellos un sacerdote, se estableció en el área de Los Ángeles. Como necesitaban un lugar donde celebrar la fe en su lengua materna, se reunieron en la casa del sacerdote para celebrar su primera Misa el 1 de junio de 1941. Sin embargo, según Vidal Aguas, organizador del Atlaidai, aquellas reuniones se mantenían en gran medida en secreto.
“Temían ser denunciados ante las autoridades rusas en Lituania y que sus familiares allí sufrieran represalias”, explicó Aguas. “Sentían que no podían confiar en nadie, pero querían conservar su fe católica”.
A pesar de esos temores, la comunidad prosperó y una década más tarde se construyó la iglesia de San Casimiro. El templo, de arquitectura báltica tradicional, fue inaugurado el 4 de noviembre de 1951. Desde entonces, la parroquia ha procurado ser un símbolo de libertad religiosa y cultural.
Para apoyar esa misión, se creó la Escuela de Herencia Lituana en San Casimiro. Allí, los estudiantes asisten a clases los sábados para aprender la lengua y las tradiciones de sus antepasados, además de prepararse para recibir los sacramentos.
Los compañeros Benas Borvainas y Paulius Anelauskas usaron corbatas y bandas tradicionales durante la celebración jubilar. A sus 14 años, Borvainas afirmó que espera que algún día sus propios hijos también conozcan sus raíces católicas lituanas.
“Creo que será importante para mí”, dijo Borvainas. “Les enseñaré todas las tradiciones para que puedan disfrutarlas como yo. Es una cultura realmente única”.
Ya sea bailando con el grupo folclórico Spindulys o vistiendo una camiseta con la palabra “Lituania”, Anelauskas asegura que le gusta representar a su comunidad.
“Nos sentimos muy orgullosos de nuestras raíces”, afirmó el estudiante de octavo grado. “Es algo que llevamos en el corazón. Es especial y siento que está presente en todos los lituanos”.

El padre Tomas Karanauskas, párroco de la Iglesia de San Casimiro en Los Feliz, posa en el centro con un saco rosa en honor a la tradicional sopa fría de remolacha lituana durante la celebración del aniversario Atlaidai de la parroquia, el 31 de mayo. A la izquierda aparece la secretaria parroquial, Vitalia Virbukiene, y a la derecha, la maestra de ceremonias del festival, Justina Brazdzionis. (Natalie Romano).
Marija Newsom trabaja en la escuela desde 1978 y ha sido testigo de la evolución de lo que significa ser lituano-estadounidense.
“Cuando Lituania estaba bajo ocupación soviética, los niños sentían una verdadera misión de preservar el idioma y dar a conocer al mundo este pequeño país”, explicó Newsom, directora de la escuela. “Hoy, más del 50 % de nuestros alumnos provienen de familias que emigraron después de la independencia de Lituania. Aprenden el idioma para poder regresar al país y comunicarse con sus abuelos”.
Con el paso de las décadas también se han producido otros cambios, entre ellos la dispersión de la comunidad báltica que alguna vez se concentró en el barrio de Los Feliz. La única iglesia lituana de la Costa Oeste cuenta ahora con numerosos feligreses hispanos y filipinos, como Crisbepa Acayan.
“Cuando empecé, sentía que no encajaba del todo porque soy asiática”, comentó Acayan, coordinadora voluntaria de educación religiosa. “Pero los feligreses son muy acogedores. Además, siempre hay comida. Me encanta la diversidad”.
Después de la Misa, Acayan se unió a la multitud que participó en el festival Šaltibarščiai. El plato que da nombre al festival es una sopa de sabor ligeramente ácido preparada con remolacha, suero de leche, pepino y eneldo. En honor a esta receta tradicional, el jardín parroquial fue decorado con globos y banderines de color rosa. El padre Karanauskas hizo sonreír a los asistentes al aparecer con un saco rosado y mocasines a juego.
El Atlaidai dio inicio a seis meses de celebraciones por el Año Jubilar. Entre las actividades previstas se encuentra la entronización de reliquias de primer grado de los beatos Jurgis Matulaitis y Teofilius Matulionis, cuyo mural marcó el punto de partida de la procesión.
Los responsables de la parroquia expresaron su deseo de que el Año Jubilar ayude a reavivar la fe allí donde más se necesita.
“Estamos recuperando el Atlaidai para inaugurar las celebraciones jubilares de nuestra parroquia con la esperanza y la oración de que los católicos alejados de la práctica de la fe regresen a la comunidad”, afirmó Aguas. “Las puertas de la iglesia permanecen abiertas y la luz de la fe sigue encendida. Dios continúa presente”.
