En la fiesta del Sagrado Corazón, la Iglesia nos invita a contemplar nuevamente el corazón mismo del Evangelio: no una idea, un proyecto o una simple enseñanza moral, sino la persona viva de Jesucristo y el amor que brota de su corazón.
En la actualidad, esta devoción puede parecer a veces excesivamente sentimental. Las imágenes rodeadas de rosas y llamas pueden hacernos olvidar el acontecimiento dramático del que surge realmente: el Calvario.
El Evangelio de san Juan narra que, después de la muerte de Jesús en la cruz, “uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salió sangre y agua” (Jn 19,34). Durante dos mil años, los cristianos han contemplado este pasaje y han descubierto en él un profundo significado. Los Padres de la Iglesia vieron en la sangre y el agua los sacramentos de la Eucaristía y el bautismo que nacen del costado abierto de Cristo. De ese corazón traspasado nace también la Iglesia.
Ya antes Jesús había anunciado: “De su interior brotarán ríos de agua viva” (Jn 7,38). San Juan explica que se refería al Espíritu Santo. En la cruz, esa promesa se hace realidad. Cristo se entrega sin reservas. Se derrama por completo: sangre, agua, Espíritu y amor.
Por eso la devoción al Sagrado Corazón ha perdurado a través de los siglos y de las culturas. Nos recuerda que el cristianismo no consiste principalmente en normas o instituciones, sino en el amor de Dios hecho visible. El Corazón de Jesús nos muestra el verdadero rostro de Dios.
¿Y qué nos revela ese rostro? Un Dios que se entrega por amor, que es rico en misericordia, que acepta ser herido para salvarnos y que ama hasta el final, sin reservas ni condiciones.
Santo Tomás de Aquino ofrece además una reflexión muy profunda: el Corazón de Cristo también se nos manifiesta en la Sagrada Escritura. Antes de la Pasión, muchos aspectos de las Escrituras permanecían ocultos. Pero a la luz de la muerte y resurrección de Jesús, su verdadero sentido quedó al descubierto. Los discípulos comprendieron entonces que toda la historia de la salvación conducía a Cristo y encontraba en Él su plenitud.
De este modo, el Sagrado Corazón nos entrega dos grandes tesoros: la Palabra de Dios y los sacramentos; las Escrituras y la Eucaristía, las dos fuentes de las que la Iglesia se alimenta y nutre a sus hijos.
Por eso la Misa es el lugar privilegiado para encontrarnos con el Sagrado Corazón. Allí Cristo nos habla a través de las Escrituras y allí mismo se nos entrega en su Cuerpo y su Sangre Es el encuentro privilegiado con su Corazón, capaz de encender el nuestro, como ocurrió con los discípulos de Emaús.
Se ha dicho que la transmisión de la fe consiste en “un corazón que enciende a otro corazón”. Esa es la vocación de todo padre de familia, maestro, sacerdote, catequista y discípulo. Pero nadie puede dar lo que no ha recibido antes. Si queremos llevar a Cristo a quienes lo buscan, primero debemos acercarnos nosotros mismos a la fuente de agua viva que brota de su Corazón.
Y esa búsqueda está muy presente en nuestro tiempo.
Detrás de los avances tecnológicos, las múltiples distracciones, las preocupaciones cotidianas y el ruido constante de nuestra cultura, existe una profunda necesidad humana de un amor que no decepcione ni se termine. El Sagrado Corazón responde a esa búsqueda y nos recuerda que nadie ha amado jamás como Jesucristo.
Por eso, en esta solemnidad, la Iglesia nos invita a volver una vez más a ese Corazón herido y glorioso. A encontrar a Cristo en la Palabra y en la Eucaristía. Y a permitir que su amor transforme nuestra vida para que, a través de nosotros, pueda llegar a un mundo sediento de esperanza, de sentido y de Dios.
