Los santos Marcelino y Pedro fueron dos mártires del siglo IV que gozaron de gran veneración después del descubrimiento de su tumba y de la conversión de su verdugo.
Aunque se sabe poco sobre sus vidas, ambos vivieron y murieron durante el reinado del emperador romano Diocleciano. En el año 302, Diocleciano abandonó su postura de tolerancia hacia el cristianismo e inició una campaña para erradicar a la Iglesia de su imperio.
Ordenó la destrucción de numerosas iglesias y textos sagrados cristianos, y mandó encarcelar y torturar a muchos clérigos y laicos. Su objetivo era obligar a los cristianos a someterse a la religión pagana romana y a adorarlo a él, como emperador, como si fuera una divinidad.
En medio de esta persecución, hacia el año 303, un exorcista romano llamado Pedro fue encarcelado por su fe. Según la tradición, mientras estaba en prisión liberó mediante sus oraciones a Paulina, hija del carcelero Artemio, de una influencia demoníaca.
Al presenciar este signo del poder de Cristo sobre los demonios, Paulina, Artemio, su esposa y toda su familia se convirtieron al cristianismo. Todos ellos fueron bautizados por el sacerdote romano Marcelino.
Poco después, Marcelino y Pedro fueron llevados ante un juez decidido a hacer cumplir los decretos imperiales contra los cristianos. Marcelino dio un valiente testimonio de su fe y fue golpeado, despojado de sus vestiduras y encerrado sin alimento en una oscura celda llena de fragmentos de vidrio.
Pedro también se negó a renunciar a Cristo y fue devuelto a prisión.
Las autoridades decidieron ejecutar a ambos en secreto para evitar que los fieles acudieran a venerar el lugar de su sepultura. Antes de su muerte, el verdugo los obligó a despejar una zona cubierta de espinas y maleza. Ellos realizaron la tarea con serenidad, aceptando con alegría el martirio.
Marcelino y Pedro fueron decapitados en el bosque y enterrados en el mismo claro que habían limpiado. Durante un tiempo se desconoció el lugar exacto de su sepultura, hasta que una mujer piadosa llamada Lucila recibió una revelación que le indicó dónde se encontraban.
Con la ayuda de otra mujer, Firmina, Lucila recuperó los cuerpos de los mártires y los trasladó a las catacumbas de Roma. Los santos Marcelino y Pedro figuran entre los santos mencionados en el Canon Romano, la plegaria eucarística más tradicional de la Iglesia latina.
El papa Dámaso I, gran devoto de los mártires cristianos, compuso un epitafio para señalar sus tumbas. Según escribió, la información sobre su martirio provenía del propio verdugo, quien más tarde se arrepintió y recibió el bautismo en la Iglesia.
