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Cuando descubrí hace unos años que mi hija adulta nunca había visto la película de 1968 “El planeta de los simios” (Planet of the Apes), sentí que había fracasado como padre. ¿Cómo era posible que yo, que siempre hice todo lo posible por contagiarles a mis hijos el amor por el cine, hubiera pasado por alto una película de ciencia ficción tan emblemática, que inspiró tantas secuelas y marcó un antes y un después en tantos sentidos?

Y cuando digo que marcó un antes y un después, también tengo que reconocer algo: verla por primera vez a los 11 años influye bastante. Ese fue mi caso y, después de verla, estaba convencido de haber presenciado una obra maestra que hasta Federico Fellini o Alfred Hitchcock habrían admirado.

Mi hija, aunque ya era adulta cuando finalmente la vio, también quedó fascinada con el giro final y le encantó la película. A diferencia de mi hijo mayor, que es casi tan cinéfilo como yo, su “formación” cinematográfica todavía tenía algunas lagunas, así que su hermano decidió tomar cartas en el asunto. Él vive en Nashville y, hace unas semanas, llegó por correo una caja llena de Blu-rays seleccionados de su enorme colección de películas.

Fue con cierta satisfacción que vi a mi hija hurgar en esa caja de pequeños tesoros del cine clásico, sobre todo después de lo que nos costó convencerla de ver una película en blanco y negro. Ese perjuicio desapareció finalmente cuando vio por primera vez “Con faldas y a lo loco” (Some Like It Hot).

La primera película que sacó de la caja fue otro clásico de Billy Wilder, aunque muy distinto al humor desbordado de “Con faldas y a lo loco”. Se trataba de “El ocaso de una vida” (Sunset Boulevard), donde William Holden interpreta a un guionista desesperado que termina refugiándose en la mansión en decadencia de una antigua diva del cine mudo, una mujer atrapada en sus propios delirios, interpretada por la legendaria Gloria Swanson.

Después vino “Retorno al pasado” (Out of the Past), con Robert Mitchum, Kirk Douglas y Jane Greer, una de las grandes joyas del cine negro de todos los tiempos.

Fue una doble función muy acertada y un buen punto de partida para que mi hija siga explorando el cine clásico. Aunque he visto ambas películas muchas veces, como ocurre con todo buen arte, siempre aparece algo nuevo que descubrir o comprender.

Cuando se hicieron estas películas, nadie pensaba que estuviera creando “gran arte”. Se hacían, simplemente, para vender entradas y palomitas. Pero algo casi mágico terminó ocurriendo: una especie de alquimia entre la maquinaria de los grandes estudios y su sistema de estrellas. Parafraseando a Norma Desmond, el personaje de Swanson en “El ocaso de una vida”, era una época en la que las películas eran “grandes”, como sus propias estrellas.

A primera vista, ambas historias pueden parecer algo sensacionalistas, pero el tono de la época hacía que su lado más crudo estuviera más contenido. Y eso, curiosamente, les juega a favor, como comentamos con mi hija después de verlas. Hoy en día, el cine ya no tiene ese tipo de límites.

“El ocaso de una vida” y “Retorno al pasado” son, en el fondo, auténticas parábolas morales: un retrato de la época en que fueron hechas y, al mismo tiempo, una forma de medir la distancia que hemos recorrido, no solo como cineastas, sino también como espectadores.

Hoy el cine, tanto el destinado a adultos como a niños, repite constantemente el lema de “seguir al corazón”. Sin embargo, el libro de Jeremías advierte que no es un buen consejo, porque el corazón puede engañarnos. La Biblia, de hecho, ofrece muchas otras claves sobre lo que ocurre cuando nos dejamos llevar por nuestras pasiones, como en la historia del rey David o del hijo pródigo.

Algo similar ocurre con los protagonistas de estas películas: hombres que eligen un camino de oscuridad y terminan cosechando lo que han sembrado. Pero lo que eleva a ambas obras como arte —y lo que las acerca a una visión del mundo centrada en Dios— es que, al final, de formas distintas, los dos personajes llegan a un gesto de entrega por otros.

Después de perseguir lo inmediato, brillante y tentador, los protagonistas de “El ocaso de una vida” y “Retorno al pasado” acaban atrapados en un pozo que ellos mismos fueron cavando.

Esto funciona muy bien como tragedia, porque en estas películas la justicia, casi como si fuera “cósmica”, acaba imponiéndose de un modo que recuerda a ciertos esquemas bíblicos. Y como en toda buena tragedia, desde el teatro clásico hasta hoy, siempre queda un destello de esperanza, algún gesto de redención que permanece con nosotros incluso cuando aparecen los créditos finales.

No son películas religiosas, y mucho menos “católicas”, pero sí dejan entrever ecos de la Escritura: historias de caídas y, en algunos casos, de una forma de redención. Ahora solo me queda esperar qué otra sorpresa saldrá de esa caja de películas la próxima vez.

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Robert Brennan