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El 4 de febrero, el Arzobispo Gómez celebró una misa y dirigió una Hora Santa por la Paz en la Catedral de Nuestra Señora de los Ángeles. Estos acontecimientos se llevaron a cabo en respuesta a un llamado a la oración de los obispos estadounidenses, a raíz de las tensiones y la violencia relacionadas con las acciones federales de control migratorio. Lo que sigue es una adaptación de la homilía del arzobispo.

Hoy nos estamos uniendo a nuestros hermanos y hermanas católicos de todo el país. Le pedimos a Dios que haya paz, tanto en nuestras calles como en nuestros vecindarios, y también en nuestros corazones.

Oramos por nuestros funcionarios de gobierno, por las fuerzas del orden y por los que están organizando protestas, a fin de defender a las familias inmigrantes que se encuentran en el centro de esta batalla, tanto aquí, en Los Ángeles, como en Minneapolis y en tantas otras ciudades.

Le pedimos al Señor que elimine de entre nosotros el espíritu de confrontación y que nos proporcione un espíritu de cooperación. Y le rogamos a Jesús que abra todos los corazones endurecidos y que restaure en ellos nuevamente la conciencia de lo que es Estados Unidos.

En el pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar, Jesús regresa a su patria, pero se da cuenta de que sus compatriotas han cerrado sus corazones ante el poder de sus obras y ante su mensaje de amor. Esto llenó a Jesús de tristeza, y, como escuchamos se nos dice que: “Estaba extrañado de la incredulidad de aquella gente”.

Este pasaje me trae a la memoria lo que está sucediendo en nuestro país. Estamos en un tiempo en el que pareciera que muchos han perdido la fe en las promesas de este país y en la perspectiva que tuvieron sus fundadores.

Y es triste que esto esté sucediendo precisamente en este año en que nuestra nación celebra su 250 aniversario. Esta debería ser más bien una ocasión de renovación y no de retroceso.

Los fundadores de este país soñaron con una tierra en la que hombres y mujeres de todas las razas, religiones y orígenes nacionales pudieran vivir con dignidad.

Como estadounidenses y como cristianos, nosotros tenemos el deber de defender la dignidad de la persona humana.

Estas crisis son crisis de santos. Por lo tanto, éste es el momento en el que debemos dar un testimonio cristiano; como seguidores de Jesús, es deber nuestro ayudar a que Estados Unidos recobre su esencia.

Jesús llama a sus seguidores a que sean fuente de salud, constructores de paz y testigos del amor de Él.

Él nos llama a amar a nuestros enemigos y a orar por quienes nos persiguen. De manera práctica, eso implica que tenemos que tratar a los demás con dignidad y con respeto, aun si no compartimos el punto de vista de ellos, incluso si ellos tienen un concepto diferente sobre nuestro país.

Así que hoy le pedimos a Dios que nos dé la fuerza para ser más disciplinados en nuestras palabras y más moderados en nuestras acciones. Le imploramos la gracia de poder percibir el lado humano de quienes nos rodean, y especialmente de aquellos que se oponen a nosotros.

Todos nosotros compartimos esta hermosa perspectiva, la perspectiva de Dios, la perspectiva de Jesús, que es también la de los fundadores de Estados Unidos. Esa hermosa percepción de que todo hombre y toda mujer, al ser hijos de Dios y creados a su imagen, poseen una santidad y una dignidad que deben ser apreciadas y protegidas.

Y el testimonio más hermoso que podemos ofrecer es el de nuestra solidaridad hacia los que sufren. Permanezcamos, pues, cerca de nuestros hermanos y hermanas inmigrantes. ¡Que ellos puedan darse cuenta de que nada podrá separarlos del amor de Dios!

En este tiempo y en estos momentos, nosotros también estamos llamados a ayudar a que nuestro país recobre su historia nacional de libertad e igualdad ante Dios.

Necesitamos ayudar a que nuestro prójimo comparta la hermosa perspectiva que nosotros tenemos. Tenemos que encontrar maneras nuevas de hacer que lo mejor del espíritu estadounidense salga a relucir, es decir, “lo mejor de nuestra naturaleza”, como dijo una persona en alguna ocasión.

Estamos pasando por un momento difícil, por un momento de prueba, por un tiempo de división e inclusive de violencia. Pero nuestro país ya ha pasado anteriormente por tiempos difíciles y ha logrado superarlos.

Ésta es, pues, nuevamente, una ocasión especial para orar por nuestro país, de pedirle a Dios que abramos nuestros corazones a esa hermosa realidad de tantos hermanos y hermanas nuestros que están aquí para ser un influjo positivo en nuestro país.

Por lo tanto, oremos seriamente, implorando un espíritu ajeno a la violencia y una renovación del compromiso que tenemos con los principios fundadores de Estados Unidos.

Abramos nuestros corazones a la gracia de Dios; pidámosle que especialmente en este tiempo traiga la paz a nuestro país.

Y enfrentemos estos desafíos por medio de la oración y de la fidelidad, con un espíritu de no violencia y un compromiso con los principios fundadores de Estados Unidos.

Pidámosle a María Inmaculada, patrona de Estados Unidos, que ore por nosotros, que nos ayude a buscar la justicia, a amar la misericordia y la paz y a avanzar humildemente en compañía de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo.

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Arzobispo José H. Gomez

El Reverendo José H. Gomez es el arzobispo de Los Angeles, la comunidad católica más grande del país. También se desempeña como Presidente de la Conferencia de Obispos Católicos de los Estados Unidos.

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