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Una vez escuché a un no creyente declarado admitir: "Lo que pasa con nosotros, los ateos, es que no tenemos una historia".

Contrasten eso con La historia más grande jamás contada.

No lo digo con ironía. Estar arraigado en Cristo es estar arraigado en el paradigma permanente y siempre en desarrollo de vida, muerte y resurrección.

Es creer, como lo expresó el poeta contemplativo Gerard Manley Hopkins en “La grandeza de Dios”: "En lo hondo de las cosas vive siempre una frescura entrañable".

Eso no significa un final feliz; significa una peregrinación ardua, el tipo de camino que san Pablo se trazó para sí mismo: una senda llena de piedras, a veces dolorosamente solitaria, pero atravesada por momentos de humor, asombro y maravilla.

"Cómo era, qué pasó, cómo es ahora" es el esquema narrativo de los círculos de doce pasos. No se me ocurre una forma más simple o más concisa de expresar los elementos básicos.

He estado escribiendo mi propia historia desde poco después de haber dejado el alcohol en 1987. Ponerla por escrito me permitió ver que había experimentado una muerte de mi identidad como persona cuyo principio organizador era el alcohol; que había atravesado un cambio psíquico; que, al ser acogido nuevamente en la mesa humana, había sido receptor de una gracia inmerecida.

Cuando leí los Evangelios de corrido, en ratos robados a mi trabajo como abogado en Beverly Hills a comienzos de los años 90, mi corazón ardía dentro de mí, como el de los discípulos en el camino a Emaús.

¡Ahí estaban los acontecimientos de mi propia vida! El hijo pródigo/la hija pródiga. María Magdalena (a quien se le perdona mucho, ama mucho). El paralítico junto a la piscina de Betesda ("¡Toma tu camilla y camina!"). El obrero que llegó tarde a la viña; Lázaro, ya en descomposición en el sepulcro, pero resucitado de entre los muertos.

Entré en la Iglesia en 1996, el comienzo de una historia nueva. Desde entonces, la he ido escribiendo, en toda su torpe tragicomedia. Desde entonces, una de las principales maneras en que sigo encontrando el camino hacia Dios es a través de la literatura —grandes novelas, obras teatrales, poesía— así como de otras formas de arte.

Con el tiempo, comencé a desear transmitir ese entusiasmo, ayudar a otras personas a escribir sus propias historias. Empecé a ofrecer talleres de escritura en línea. Luego di retiros presenciales.

Hace algunos años, a través de un amigo de un amigo, fui invitado a dictar un Taller de Escritura de Memorias de una semana en la Abadía de Kylemore, en Connemara, Irlanda, sede de un convento benedictino en funcionamiento y del Kylemore Global Center: una institución dedicada a promover los proyectos educativos, intelectuales y espirituales de la Universidad de Notre Dame en Irlanda.

La antigua residencia de Mitchell Henry, un terrateniente inglés, la propiedad de 13.000 acres cuenta con un castillo, senderos para caminatas, una cascada, una capilla gótica, un mausoleo, un jardín victoriano amurallado y una vista incomparable de un gran lago y de las colinas de Connemara.

He coordinado este Taller de Escritura de Memorias durante dos años consecutivos y volveré a hacerlo del 6 al 12 de septiembre de 2026.

Los participantes coinciden casi unánimemente en que la semana da lugar a mucho más que a una mejora en las habilidades de escritura. Estar entre un grupo de personas a las que, probablemente, no volverás a ver, genera una libertad inesperada.

Nos reunimos en una sala del tercer piso con ventanales de vidrio de pared a pared. Dormimos, comemos y vivimos bajo el mismo techo durante seis días intensos. Se construye una confianza y una camaradería reales. Leemos nuestros textos en voz alta. Las personas comparten heridas, triunfos y alegrías que quizá nunca antes habían compartido con nadie.

Me llena de alegría anunciar que este próximo verano también coordinaré un taller similar en nuestra Abadía de San Andrés, en Valyermo, California, del 6 al 10 de julio de 2026. El taller se titula “La llama interior: escribir tu vida”. Se puede encontrar más información e inscribirse aquí o buscando la página de retiros de la Abadía de San Andrés.

Algunos recién estarán comenzando. Otros, al haber alcanzado cierta edad, sentirán el impulso de escribir la historia de su vida para sus hijos y nietos.

Las preguntas que suelen surgir cuando contemplamos escribir una memoria son más o menos estas:

¿Cómo empiezo? ¿Cómo organizo mi material? ¿Cómo supero las voces en mi cabeza?

¿Cómo doy forma de historia a los acontecimientos de mi vida? ¿Caminaba con Dios en esos lugares oscuros? ¿Cómo encuentro tiempo para escribir cuando tengo tantas otras responsabilidades?

El formato incluirá charlas, consignas y mucho tiempo de escritura en silencio. Aprenderemos consejos y técnicas para estructurar nuestras historias, imaginar nuestros arcos narrativos y adaptar los hechos de nuestra vida en un conjunto coherente.

También nos enfocaremos en ensanchar nuestros corazones, horizontes y almas. Leeremos fragmentos de nuestros trabajos en proceso, daremos y recibiremos devoluciones si así lo deseamos, y compartiremos preguntas, desafíos y logros.

Todo ser humano tiene una voz auténtica y una historia única. Reunámonos —de persona a persona— y empecemos a contarlas.

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Heather King