El Papa recordó cómo millones de peregrinos atravesaron las Puertas Santas durante el Jubileo y cómo el mundo entero se reunió alrededor del féretro del Papa Francisco el día del funeral, percibiendo, dijo, “la pérdida de un padre que había guiado al Pueblo de Dios con inmensa caridad pastoral”.
Desde ese momento de memoria eclesial, León XIV pasó rápidamente a un diagnóstico más amplio del estado del mundo, ofreciendo un marco filosófico y moral arraigado en La ciudad de Dios de san Agustín para interpretar la geopolítica contemporánea, los conflictos culturales y la crisis de los derechos humanos.
En su intervención del 9 de enero en el Aula de las Bendiciones del Vaticano, el Papa advirtió que las sociedades impulsadas por el orgullo, la fuerza y la abstracción ideológica corren el riesgo de socavar la paz misma, a menos que la vida política vuelva a anclarse en la verdad, la dignidad humana y la sacralidad de la vida.
Venezuela y la legitimidad democrática
Al abordar la geopolítica, León XIV se refirió a varios focos de tensión global y señaló a Venezuela como un caso que exige una atención moral y política urgente.
“Esto es especialmente válido para Venezuela, tras los recientes acontecimientos”, dijo el Papa. “Renuevo mi llamamiento para que se respete la voluntad del pueblo venezolano y se trabaje por la protección de los derechos humanos y civiles de todos y por la construcción de un futuro de estabilidad y concordia”.
El Papa señaló también la canonización reciente de dos venezolanos —José Gregorio Hernández y la hermana Carmen Rendiles— como fuentes de inspiración para edificar una sociedad fundada en la justicia, la verdad, la libertad y la fraternidad en medio de la prolongada crisis del país.
Las dos ciudades de Agustín
En el centro del discurso hubo una reflexión extensa sobre san Agustín, quien escribió La ciudad de Dios tras el saqueo de Roma en el año 410 d. C., cuando muchos creían que el cristianismo había fracasado en proteger a la civilización.
León XIV explicó la visión agustiniana de la historia como el despliegue de dos ciudades: la ciudad de Dios, caracterizada por el amor a Dios y al prójimo, y la ciudad terrenal, marcada por el orgullo, el amor propio y la sed de poder.
El Papa subrayó que el marco de Agustín no contrapone a la Iglesia con el Estado ni a la eternidad con el presente. Más bien, llama a los cristianos a vivir plenamente en la sociedad política, con el corazón y la mente puestos en la ciudad celestial, aplicando principios éticos a la vida civil sin absolutizar el poder.
Guerra, fuerza y debilitamiento del diálogo
Al aplicar esta lente agustiniana al presente, León XIV lamentó el debilitamiento del multilateralismo y el resurgimiento de la guerra como instrumento aceptado de política.
“La diplomacia que promueve el diálogo y busca el consenso entre todas las partes está siendo sustituida por una diplomacia basada en la fuerza”, afirmó. Y advirtió que “se ha roto el principio establecido tras la Segunda Guerra Mundial, que prohibía a los países utilizar la fuerza para violar las fronteras ajenas”.
La paz, añadió, ya no se busca como un bien en sí mismo, sino “mediante las armas como condición para afirmar el propio dominio”, un giro que compromete gravemente el estado de derecho y la convivencia pacífica.
El Papa reiteró llamados al alto el fuego y al diálogo en Ucrania y en Tierra Santa, expresó preocupación por el aumento de tensiones en el mar Caribe y en Asia Oriental, e instó a buscar soluciones políticas pacíficas en regiones que incluyen Haití, Sudán, Myanmar y Sudán del Sur.
Lenguaje, libertad y conciencia
Uno de los pasajes más incisivos del discurso se centró en la crisis del lenguaje en la vida pública. León XIV advirtió que, cuando las palabras pierden su conexión con la realidad, el diálogo se derrumba y el lenguaje se vuelve un instrumento de manipulación y coerción.
“Además, en las contorsiones de la ambigüedad semántica, el lenguaje se está convirtiendo cada vez más en un arma con la cual engañar, o golpear y ofender a los oponentes”, dijo.
El Papa rechazó la idea de que este debilitamiento del lenguaje ensanche la libertad de expresión. Por el contrario, afirmó que “la libertad de expresión está garantizada precisamente por la certeza del lenguaje y el hecho de que cada término está anclado en la verdad”. También lamentó que “el espacio para la verdadera libertad de expresión se está reduciendo rápidamente”, especialmente en Occidente.
Y criticó el surgimiento de un “nuevo lenguaje al estilo orwelliano” que, “en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes no se ajustan a las ideologías que lo alimentan”.
Esa erosión del lenguaje, dijo, afecta directamente la libertad de conciencia. La objeción de conciencia —ya sea en el servicio militar o en la práctica médica— no es rebeldía, sino fidelidad a la verdad moral.
“La objeción de conciencia no es rebelión, sino un acto de fidelidad a uno mismo”, afirmó, advirtiendo que incluso Estados que se presentan como democráticos cuestionan cada vez más esa libertad, a pesar de su papel en la protección de la dignidad humana y la prevención de tendencias autoritarias.
La vida y la familia en el centro
León XIV dedicó una parte sustancial del discurso a la defensa de la vida y de la familia, que describió como fundamento de todo el entramado de los derechos humanos.
Desde una perspectiva cristiana, dijo, los seres humanos han sido creados por amor y llamados al amor, una vocación que se manifiesta de modo privilegiado y único dentro de la familia. Sin embargo, advirtió, existe “una preocupante tendencia en el sistema internacional a descuidar y subestimar su papel social fundamental”, mientras crece la realidad de familias frágiles, rotas y sufrientes.
El Papa condenó el aborto como una práctica que “interrumpe una vida en crecimiento y rechaza acoger el don de la vida”, y expresó “profunda preocupación” por proyectos orientados a financiar la movilidad transfronteriza para acceder al llamado “derecho al aborto seguro”.
También calificó de “deplorable” que se asignen recursos públicos para suprimir la vida en lugar de invertirlos en apoyar a las madres y las familias. “El objetivo principal debe seguir siendo la protección de todos los niños no nacidos y el apoyo efectivo y concreto a todas las mujeres para que puedan acoger la vida”, dijo.
Asimismo, denunció la subrogación: “Al convertir la gestación en un servicio negociable, se viola la dignidad de ambos, tanto del niño, que queda reducido a un ‘producto’, como de la madre”.
Y rechazó “formas falsas de compasión como la eutanasia”, subrayando la responsabilidad de la sociedad y de los Estados de ofrecer respuestas concretas al sufrimiento humano, como los cuidados paliativos, y políticas de auténtica solidaridad.
En ese contexto, León XIV advirtió sobre un “auténtico ‘cortocircuito’ de los derechos humanos”, en el que la libertad de expresión, la libertad de conciencia, la libertad religiosa e incluso el derecho a la vida se restringen en nombre de supuestos nuevos derechos desconectados de la realidad, la naturaleza y la verdad.
En materia de libertad religiosa, citó a Benedicto XVI: esta es “el primero de todos los derechos humanos, porque expresa la realidad más fundamental de la persona”. Y añadió que “los datos más recientes muestran que las violaciones de la libertad religiosa están aumentando y que el 64% de la población mundial sufre graves violaciones de este derecho”.
En muchas regiones, dijo, la libertad religiosa se trata como un privilegio, especialmente para los cristianos, cuya persecución sigue siendo una de las crisis de derechos humanos más extendidas, afectando a más de 380 millones de creyentes en todo el mundo.
Una esperanza sobria tras Francisco
Aunque el análisis del Papa fue severo, no estuvo exento de esperanza. Al volver a san Agustín, León XIV sostuvo que la paz sigue siendo un bien difícil, pero posible, cuando las sociedades eligen la humildad, la verdad y el perdón por encima del orgullo y la fuerza.
Aun cuando sus reflexiones sobre el Papa Francisco y el Jubileo aparecieron al inicio del discurso, esas referencias proyectaron una sombra larga sobre sus temas: duelo, memoria y responsabilidad en tiempos convulsos.
En un mundo marcado por la guerra y la fragmentación, dijo el Papa, “la paz sigue siendo un bien difícil, pero posible”, y su construcción exige paciencia, valentía y corazones orientados hacia algo más grande que la dominación.
